Categoría: Fotografía
Crónicas de viaje: Croacia.
Día 1
Saliendo victoriosos del clima infernal del verano madrileño en vuelo comercial desde Barajas aterrizamos a las 10:25 de la mañana en Dubrovnik. Lo primero fue encontrarnos con un aeropuerto pequeño del que se disfruta dar el primer paso fuera del avión sobre la pista de aterrizaje. Lo segundo la ‘sanjuaneda’ que hizo favor de darnos en Madrid la casa de cambio en la que adquirimos las Kunas croatas (estaban más baratas en el aeropuerto de destino).
Para comenzar la peregrinación al centro de la ciudad tomamos el autobús que nos llevo hasta la puerta Pile de la ciudad amurallada. Recibidos por una gran oleada de turistas el primer respiro fue de frescura y novedad. La imponente muralla de piedra contrastada con el azul intenso del mar nos puso de buen humor para comenzar la aventura en este, el paraíso, como lo designaría Bernard Shaw. Primer paso: comer. Fuimos recomendados a una terraza en la misma puerta Pile con vistas al mar, Duvravnka. Comimos bien, sin duda lo más valioso del lugar fue el clima, las vistas y el cómodo mobiliario que nos dejaba con un excelente sabor de boca por el cálido trato del mesero en todo momento.
Cold Drinks ponía el letrero clavado en el costado sur de la muralla. Un pequeño hueco enmarcaba la frondosa vegetación tropical y en segundo plano el inmenso mar añil: puro, intenso y brillante. Al descender la vertiginosa escalera llegamos al oasis, un bar enclavado en las rocas que soportan la muralla con vistas estupendas de la isla vecina y la propia Dubrovnik. Del mismo bar se desciende otra vertiginosa y estrecha escalera hasta llegar al límite del mar con las rocas. La oportunidad de bañarse y tomar el sol en las enormes rocas hace que la experiencia sea absolutamente asombrosa. El color del mar es tan claro que se observa el fondo rocoso y la fauna de la zona y desde este, se contempla la ciudad, la isla y los dominantes muros que algún día sirvieron para proteger la ciudad.
Deseosos de bañarnos esta vez en la playa nos despedimos del idílico paisaje para cruzar el casco antiguo y llegar a una pequeña playa enclavada en el mar Adriático. La ciudad amurallada, de estrechas calles, piedra caliza, molduras verdes en las ventanas, numerosos arcos y puentes interiores es un paraíso completo. Las sombras son las protagonistas de los pequeños e interesantes rincones presentes por doquier. Los pequeños pasillos y túneles que no son tocados por el sol hacen que los paseos por la ciudad sean más llevaderos en los días de calor. La pequeña playa situada a un costado del casco amurallado nos recibía por la tarde después del fascinante paseo con helado incluido. El club de playa EASTWEST, abierto al público para acoger (previo pago) a los visitantes en sus tumbonas blancas fue nuestro anfitrión. El atardecer desde la playa contemplando el puerto de embarcaciones turísticas se disfruta mientras las olas rompen con las piedras de la playa. Los turistas pronto van dejando el agua para regresar a sus respectivos aposentos y disfrutar más tarde de la noche croata.
Día 2
La avenida principal de la ciudad intramuros se llena de gente con el transcurso del día. Durante las horas soleadas el mármol que cubre el piso de la avenida principal se llena de brillo y la luz que cae desde arriba se refleja sobre el paseo para llena de luz las pequeñas bocacalles aledañas. Después de la hora de la comida y una fugaz visita a la catedral de Dubrovnik tomamos camino hacia el funicular detrás de la muralla para subir la imponente montaña. Las vistas desde el punto más alto de la ciudad son impresionantes. El cambio de color de la ciudad se produce conforme el teleférico asciende: los techos de teja roja se vuelven protagonistas del paisaje contrastando con el azul del mar y el verde de la vegetación. Un grupo de edificios se agrupan adentro de una delgada línea gris: la muralla. Por un lado se divisan a lo lejos las múltiples islas que conforman el territorio y el inmenso mar se antoja infinito desde las alturas. Las vistas bien podrían ser postales, conforme el funicular se acerca al nivel del poblado el color va cambiando una vez más, el rojo de los techos se va desvaneciendo mientras el funicular se sumerge en la basta vegetación como si de una selva se tratara. Después de una tarde más de playa regresamos paseando para disfrutar de las calles, fue así como descubrimos el color ámbar que pinta los imponentes muros en el ocaso. Dubrovnik es una de las ciudades más espectaculares de la costa Dalmacia con sus múltiples matices que fascinan a cualquiera. Después de una merecida ducha ‘vuelve-a-la-vida’ salimos una vez más por la ciudad para celebrar nuestra despedida de esta fascinante costa del Adriático. Al cabo de un par de copas de vino tinto de la región, nos encontramos con el fascinante palacio del rector cuya fachada renacentista iluminada de manera especial invita al viandante a penetrar en el interior. La experiencia, aunque breve, fue estupenda. Una gran escalera de corte gótico protagoniza el patio interior flanqueado por una arquería corintia del periodo de dominio veneciano de la ciudad. Por la noche iluminación de la ciudad está perfectamente cuidada y la afluencia de turistas hace que la ciudad se sienta viva.
Día 3
Desmañados para continuar con el completo pero abrupto itinerario que dispusimos, salimos de la estación de autobuses para dirigirnos hacia Split. A tan solo cinco horas de la ciudad amurallada de Dubrovnik se encuentra otro de los destinos más socorridos por el turismo en Croacia. Al subir al autobús todo parecía normal, turistas y locales desplazándose de ciudad en ciudad. A mitad del camino y después de tropecientas paradas continuas, un numeroso grupo de personas hizo su aparición en el pasillo del autobús. Dispuestos a trasladarse sin asiento y llegar hasta sus destinos abochornados compartimos todos los viajeros el medio de transporte con una variopinta concurrencia de autóctonos que amablemente saludaban a los turistas acomodados dentro del bus. Después del simpático recorrido por la costa dálmata llegamos a Split, el enorme y abarrotado puerto nos recibía con una temperatura altísima cuyo suelo quemaba nuestros pies. El recorrido de norte a sur y de este a oeste por el Palacio de Dioclesiano lo hicimos con maletas apreciando la antigua arquitectura y los interesantes rincones de la ciudad vieja. Después de una mala y lenta comida en la puerta oeste del antiguo palacio nos acercamos otra vez al puerto, esta vez para abordar el vaporeto que nos transportaría a Hvar. El destino más solicitado por jóvenes es también famoso por sus enormes valles de lavanda y su catedral, atracciones que poco nos importaban a juzgar por las recomendaciones nocturnas que nos proporcionaron. Croacia funciona a la antigua usanza: los turistas que arriban al puerto son hostigados por los dueños de hoteles y pensiones para ofrecer su alojamient y Lucia, una amable señora a quien apodamos ‘MamaLucha’, fue quien nos recibió a nosotros. Con un masticado ingles y trabado italiano logro persuadirnos de ver los altos de su residencia particular donde acudimos en compañía de su supuesto sobrino quien no dijo ni ‘pío’ en todo el recorrido pero nos hizo cara cuando dijimos que teníamos apalabrado otro lugar para dormir. Después de la huida y ya con llaves en mano, preguntamos por la playa para calentar motores y salir de fiesta. Lo que encontramos fueron las orillas de la isla donde el mar choca con las rocas y que los croatas llaman playa. Mar, atardecer y vodka hacían el comienzo de nuestra noche. Náutico fue la primera parada, un pequeño pero bullicioso bar es el punto de reunión para autóctonos y turistas con espíritu fiestero. Los múltiples veleros llenos de jóvenes hacen escala obligada en Hvar. Al cierre de dicho bar, el vaivén de personas por el puerto nos mareaba, la oferta para salir después de los pequeños bares de la orilla del puerto se reduce a 3 lugares: Carpe diem, Veneranda y Pink Champagne (nuestro elegido). El gigantesco elevador nos deslumbraba y la amable bar tender nos servía chupitos a tutti plen. Noches alegres, mañanas tristes rezamos antes de dormir.
Día 4
Resacosos y cansados despertamos con hambre y ganas de playa. Habiendo terminado de comer paseamos por todo el puerto para llegar al edén. Hula Hula es un club de playa donde converge la muchachada para disfrutar del sol, la ‘playa’, buena música y mucha buena bebida. Atónitos y emocionados por el idílico paisaje (después de reconocer poco a poco gente que venía en el ferry, gente de la noche anterior y hasta gente que habíamos visto en Dubrovnik) nos despojamos de nuestras prendas para sumergirnos en las exquisitas aguas del mar Adriático. Los beats y las cervezas subían y bajaban y los convidados, borrachos de sol y champagne, bailaban y reían mientras contemplaban las guapas mujeres y las curvas que dibujan las islas croatas. El agua templada y exquisito clima del atardecer Mediterráneo invitaban a los presentes a zambullirse en el mar de Hvar y beber una copa más. Croacia, el país de las mil islas -y los mil gatos- nos volvía a sorprender no solo por el lugar, sino por el ambiente y el inspirador paisaje. Conforme el sol se ponía y las horas pasaban, la gente iba desapareciendo para reunirse más tarde en los múltiples locales que flanquean el puerto para apoyar a la Roja en la final de la Eurocopa. Pocos fans avistamos de la Forza Azurra, probablemente los croatas no simpaticen con ellos por el dominio que ejercieron en el territorio donde mucha gente celebraba el triunfo de la selección española.
Día 5
El dueño del apartamento que rentamos en una de las colinas de Hvar nos despertaba después de haber apagado el despertador. Quince minutos tuvimos para alistarnos y preparar las cosas para salir de su territorio. Para despedirnos de la vivaz isla situada al suroeste de Split y accesible en ferry desde el mismo puerto, desayunamos en un restaurante del puerto. Cobijados por un centenar de veleros, catamaranes, lanchas, barcos y cruceros hicimos nuestra última aparición por el puerto para después marchar en el vaporeto que nos transporto al puerto de Split. Fuimos recibidos otra vez por los múltiples propietarios de hoteles, apartamentos, cuartos y cuchitriles que amablemente nos ofrecían estancia a lo que contestábamos -No, thank you. We are leaving.- así dejábamos la playa y el mar de los cien azules para regresar en el ruletero autobús de paradas continuas hacia Dubrovnik. Después de las mil paradas, los controles de pasaporte y la estrecha carretera costera llegamos al lugar donde empezamos la aventura. La despedida no pudo ser superior, después de cuarenta y cinco minutos de espera, dos que tres corajes y un hueco en el estomago logramos ser sentados en las sultánicas sillas de la terraza del restaurante Taj-Mahal. El restaurante es lo mas similar a descifrar un enigma. El nombre es hindú, la comida es bosnia y está situado en la costa Dalmacia -se mezcla todo hasta obtener un cuento de las mil y una noches y taran: el Taj-Mahal-. La comida Bosnia posee influencias de la comida turca, matices mediterráneos, los platos del centro de Europa y la cocina turca-otomana. La amplia carta es proporcional a la variedad de olores que se escapan de la pequeña cocina visible desde el exterior.
‘Pongamos que hablo de Madrid’
Ahora, después de haber vivido más de un año en la Villa del oso y el madroño, comparto los momentos y lugares que hicieron mon sejour madrileño el mejor. No cabe duda que como rezan los españoles ‘aquí se vive de maravilla’. Sobre todo se vive, en todo lo alto y ancho de la palabra. No hay más.
Un paseo.
La concentración de imponentes y detallados edificios madrileños de vanguardia rodean a la Cibeles haciendo de este paseo uno de los más bonitos de Madrid. Una de las calles que convergen en la fuente más famosa entre la peña futbolística, inmediatamente al norte de la Diosa tirada por los leones es el Paseo de Recoletos. Esta franja de la característica Avenida de la Castellana es la mejor forma de rematar con el paseo vanguardista madrileño. El gran corredor de Recoletos es simplemente estupendo. Romántico, acogedor, señorial y autentico; al Paseo lo engalanan sus enormes arboles, sus elegantes baldosas, los acordes del piano del Café Gijón, el kiosco art-nouveau de La Terraza y la variopinta concurrencia que recorre su cauce.
Una calle.
Almirante. Las calles más bonitas son las de este barrio coloquialmente apodado de Alonso Martinez. Estrechas, arboladas, actuales y soleadas se presentan entre otras, Piamonte y Conde de Xiquena. Vivas y apacibles son sus aceras y la calle del Almirante de día es una y de noche una otra. Entre los bajos de los elegantes edificios restaurantes y tiendas camuflan un bar mítico de la noche madrileña: el Toni 2. La discreción diurna de este barrio envuelve un misticismo que hay que vivir para apreciarla, si las farolas de esta calle hablaran… Entre las historias de las direcciones de esta afamada vía madrileña figuran nombres de grandes creativos como Jesús del Pozo (diseñador) y Alberto Campo Baeza (arquitecto).
Un restaurante.
Murillo Café. Aunque podría ser la embajada de Venezuela en Madrid por excelencia, ese aire tan español moderno me impide presentarlo así. En sus mesas se sienta la crema y nata de la sociedad madrileña para disfrutar de la exquisita comida en su acogedor ambiente característico del Bistró del Prado. Calidad y buen gusto se funden en todos los detalles del restaurante y el resultado es excepcional. Calle de Ruiz de Alarcón, 27 28014 Madrid.
Una tienda.
Diana Viaji. Este gran establecimiento rinde culto a una de las tradiciones arraigadas en España: la caza. La tienda propone la caza, además de una tradición milenaria, como un estilo de vida y en ella se pueden apreciar un sinfín de objetos que aluden al tema. Además de encontrar en este lugar todo tipo de artículos necesarios para practicar este deporte, dispone también de obras de arte (pintura y escultura) y piezas de decoración alusivos a la caza mayor y menor. El elegante recinto posee una variedad de trofeos que decoran los espacios perfectamente organizados y hacen que la experiencia sea completa. Juan Bravo, 42 28006 Madrid.
Un barrio.
La Latina. El antiquísimo Madrid de los Austrias es un punto de referencia para turistas y locales que visitan el barrio por su extensa oferta gastronómica y el ambiente (siempre animado) de su gente. Tanto de día como de noche en este vivaz vecindario se puede encontrar gente paseando. Los domingos es el día de más movimiento, pues además del mítico rastro dominical de La Latina es la tarde del último día de la semana en el que se antoja un plan informal y divertido como tomar unas cañas por estos lares.
Una tapa.
Pollo empanizado con ensalada de rúcula a la mostaza antigua. Uno de los últimos descubrimientos del barrio más elegante de la ciudad: Morao. La simpática terraza sobre la acera de la calle Velázquez fascina a vecinos y visitantes con sus sillas parisinas de color que no podía ser otro, morao. Entre las tapas ‘de toda la vida’ se pueden encontrar algunas novedosas como la citada anteriormente, todas buenísimas. Calle Velázquez, 40
28001 Madrid.
Un bar.
El Toni2. El mítico bar escondido de día bajo las copas de los arboles de la calle del Almirante se convierte, al salir la luna llena, en una cápsula del tiempo. Los años no pasan por el mejor bar de todo Madrid (ni por sus habituales) y el enorme piano de cola es el punto de reunión para trasnochados y aficionados al canto. Eso sí, todos con copa en mano y la mejor actitud de pasarlo ‘pipa re-pipa’. La sala de mis abuelos (sus amigos incluidos) es la mejor referencia para este surreal y fantástico ámbito madrileño en el que se canta tanto a Joaquín Sabina como a Frank Sinatra. Toca la que te salga de los cojones, Toni. Calle del Almirante 9, 28004 Madrid.
Una bebida.
Como bien retrata Sabina a su Madrid en sus letras, Madrid es ‘el mar dentro de un vaso de ginebra’ y a las Gin-tonic en punto la cita es en el Ten con ten. La gran barra y los expertos barman reciben a lo más selecto de la alcurnia para preparar uno (o varios) de los gin tonic’s de la larga y variada carta que poseen (ginebras inglesas, españolas, americanas, etc). El ambiente es siempre animado y los convidados a la enorme barra degustan el delicioso aperitivo siempre sonrientes. Al final del día: ‘Todo en la vida es un ten con ten’. Calle de Ayala 6, 28001 Madrid.
Les queues parisiennes

El celebérrimo refinamiento francés se refleja en el orden de los habitantes de la capital gala. Algunas de las costumbres más parisinas como la rutinaria (y sagrada) visita al boulanger sirven para demostrar la buena cuna de sus habitantes. Transportar la baguette debajo del brazo al salir de la panadería hará siempre la distinción entre los autóctonos y los no naturales de la Ciudad Luz. Los parisinos hacen fila para lo que haga falta, para muestra…




